Facultad de Artes y Diseño

Adriana Irene Bonoldi

Cursó la secundaria en la Escuela Superior del Magisterio, donde se recibió de maestra. Era militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores, estudió piano y trabajó como profesora de música en la escuela primaria Petrona G. de Burgoa.
En octubre de 1976, se casa con Marcelo Carrera (también desaparecido). Cuando tenía 23 años fue secuestrada, estando embarazada, cuando volvía de un acto de la escuela el 1 de diciembre de 1976. Por testimonios, se supo que dio a luz a mediados de 1977. El niño continúa desaparecido, por lo que no quedan dudas de que fue apropiado. Hasta el momento se encuentra desaparecida.


Homenaje a mi maestra de música Adriana Bonoldi, desaparecida.

Llegó a la escuela un día cualquiera que ya ni recuerdo. Era la nueva señorita de música. Venía a remplazar por enfermedad a la profesora Isabelita.
Las clases eran muy aburridas. Nos daba lo mismo quien viniera. Con seguridad, seguirían siendo soporíferas. Siempre cantando en el patio, el Himno, Aurora, la Marcha de San Lorenzo. De fondo, algunos acordes que se le escapaban y el piano desafinado. ¡Para eso no había plata!
Ni cuenta nos dimos de cómo comenzaron a cambiar las cosas. El primer día nuestros ojos de niñas avivadas se posaron sobre la figura de esta intrusa. Joven, delgada, pecosa, pelo con bucles largo hasta la cintura, pelirroja, de tez rosada que parecía colorada. Aros grandes, colgantes de piedras y maderas, pulseras, anillos. Ojos brillantes color miel, jeans gastados, camisas de bambula coloreadas, abiertas, que mostraban su piel joven. Guardapolvos cortos, desabrochados, zapatillas con florcitas… Concluimos nuestra radiografía: ¡Adriana era hippie!
Su figura no encajaba en el entorno de maestras prontas a jubilarse y cansadas, a las que les decíamos «sargento de caballería», «solterona insoportable», «vieja vinagre»… Cuchicheábamos quién era esta usurpadora que no tendría más de 21 o 22 años. ¡Qué nos podría enseñar esta chiquilina a chicas agrandadas de 12!
¡Y todo cambió! De dormirnos con la voz monocorde y a veces chillona de la antigua docente, del silencio y los bostezos, a una fiesta de los sonidos y del color. Nos llevó con los cantos afuera, al patio, a la puerta de entrada; nos eligió a algunas con voces roncas y tachadas de desafinadas, para ser parte de un coro. Esto para mí fue fundamental. Me dijo: «¿A vos te gustaría estar?». «¡Sí!», respondí, temblorosa. Nadie me había elegido para nada, jamás: era una alumna problemática. Ella me dio seguridad.
El colegio no había tenido un coro en cien años de historia, y menos una tarima especial donde cantar. Ella lo consiguió… era una maga, un ángel.
Nuestra vida discurría entre el elástico y los primeros acordes de La López Pereyra: «Yo quisiera olvidarte, me es imposible, mi bien, mi bien»…, la mancha y las balas y bombas de aquellos tiempos, el 74. Entre «Salgo a caminar por la cintura cósmica del sur…» y la venenosa, el tatetí, la payana. Entre los flashes de la televisión y la muerte de Perón y el ascenso de su esposa Isabel. Entre «A orillitas del canal, cuando llega la mañana, sale cantando la noche desde lo de Balderrama», el pisa pisuela y «Por las tardes de sol y alameda, San Juan se me vuelve tonada en la voz…».
La vida en blanco y negro, y la sangre derramada…, y el color y los soles, los la, los si y las corcheas, y el piano. El piano, que ahora afinaba; la caza de brujas y las persecuciones políticas, y las voces, de barítonos, tenores, a pesar de nuestras voces de preadolescentes, y sopranos y contraltos…y las siestas que ya no fueron siestas… marcadas en clave de sol.
El orgullo de pertenecer y de ser parte agigantaba su figura. Llegaba con una sonrisa que llenaba el alma, tiraba el morral tejido con flores, se descalzaba. Sentada en el piso con las piernas cruzadas, como si fuera un indio, y nosotros formando una ronda: nos enamoramos de su encanto, su juventud, su mirada diáfana, su alegría desbordante, el amor por la vida, el folclore, la música, y su patria…
Así como llegó se fue… Ya nada fue lo mismo… o sí, volvimos a las aburridísimas clases de la señorita Isabelita, y el coro se desarmó. «La señorita Adriana –se oyó decir por allí– venía con ideas diferentes, no adecuadas para una escuela formal, y centenaria»… ese típico discurso de la dictadura.
Años más tarde, pocos nomás, supimos que se la habían llevado los militares, que era una desaparecida. Preguntas sin respuestas en mi mente de niña quedaron sueltas, sin cabo donde agarrarse.
Año 2011. En esta era virtual, de las redes sociales, de los juicios de lesa humanidad, de la búsqueda de familiares desaparecidos en la dictadura, me encuentro con el nombre, que se me había perdido en la nebulosa de los años.
Detengo mi mirada en ese rostro. Una foto que la muestra un poco mayor, dos o tres años más: rellenita, peinada como una mujer mayor. Su semblante indicaba algo, como una plenitud no ya de una joven sino de alguien con una felicidad especial. Al lado, la de un apuesto joven, cabellos largos, castaños, bigotes a lo mexicano, poblados, tez blanca, muy buen mozo. Ambos de 23 años, sonrientes, llenos de vida.
Me llamó la atención el epígrafe: «Hermanos de Mendoza en la búsqueda de Adriana, La Colorada o La Colo», maestra de música desaparecida el 1 de diciembre de 1976. Él desaparecido el 24 de noviembre de 1976.
Era Adriana, mi maestra de música, la del oficio de los pájaros que cantan.
La sorpresa me dejó helada, el golpe fue tremendo. Encontré allí, a mis 50 años, las respuestas a las preguntas que quedaron bailando en mi mente de 12.
Seguí leyendo. El final fue más impactante aún. Además de mencionar que ambos eran militantes, indicaba que sus familias los buscaban, y además buscaban al hijo o hija de ambos nacido en cautiverio.
Treinta y siete años después me la imagino tal cual la conocí: bella, un sol en mi vida, pero ahora sabiendo que jamás ha dejado de estar entre nosotros. Ella es una de las 30 mil almas que ya no están, pero vive en el corazón de cientos de chicos que cantamos en aquel último año de la primaria «y rasguñas las piedras y rasguña las piedras y la rasguñas las piedras hasta mí…».

María Ester Correa, 3 de mayo de 2013, a las 23.11.